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¡Ayudémosle a Santos!

Por: Ricardo Mejia Cano.

Sus padres ya no pueden derramar más lágrimas por su muerte, de tanto llorar, se secaron. Sólo les queda esperar que el asesinato de Génesis, sea la génesis de un nuevo despertar.

El pueblo venezolano es pacifico, servicial y respetuoso. Con exportaciones petroleras de más de US $ 90.000 millones anuales, debería ser el país más rico de Latinoamérica. Sin embargo no hay leche, café, azúcar, papel higiénico, ni arroz, y la escasez de elementos quirúrgicos impide que muchos enfermos de gravedad puedan ser tratados. Después de más de una década de privaciones y resignación, el pueblo ha empezado a salir de manera pacífica a las calles a expresar su descontento.

La familia Carmona, como tantas otras familias venezolanas, salió el pasado 18 de febrero a protestar por las calles de Valencia, cansados del oprobio, la inseguridad y el desgobierno. Fuerzas oscuras, cercanas al gobierno, tienen la orden de atemorizar a los manifestantes. Lo hacen con armas de fuego, con bombas, etc. En medio del caos sembrado por los secuaces, Génesis perdió de vista a su hermana. “Mamá, yo no me puedo ir sin Aleja”. A los pocos segundos le incrustaran un balazo en el cerebro. Inmediatamente unos compañeros la montaron en una moto para llevarla al hospital. En el camino un retén de la Guardia Nacional los detuvo. Obligados a parar abruptamente, caen de la moto. Finalmente llegaron al hospital, pero ya se acercaba el ocaso de Génesis. Ese día sólo en Valencia hubo 7 heridos a bala y uno por un petardo.

Historias como la de Génesis, en que ciudadanos de bien son agredidos por un régimen corrupto y despiadado, se repiten todos los días.

Jaime, a sus 66 años, no tenía otra alegría que sus hijos y su parcela. Los campesinos de Mutiscua, Norte de Santander, lo conocen bien: su familia es modelo para sus vecinos, pero lo es también para todos los colombianos. Como jornalero cultivó zanahoria, papa, remolacha, ajo, de todo lo que da el campo. Así consiguió su parcela y construyó su casa. Con María Trinidad tuvo dos hijos y dos hijas. Entre ordeños, cebollas y ajos, les enseño que nada era más importante que el amor al prójimo y a Dios.

Germán, el menor, de pequeño quería ser cura. Pero el amor a la patria se refundió con su amor al prójimo y mayorcito le dijo a su mamá: “Lo que yo quiero es ser General de la República”. Estudió en la Escuela General Santander y se hizo Policía Comunitario: su obsesión era llevar a las poblaciones más pobres cultura, salud, deporte. Con su esposa y sus tres hijos recorrió el país sirviendo a los más necesitados.

En la mañana del pasado 15 de marzo, luego de orar con sus hijos y su esposa, se despidió gozoso: con el patrullero Edílmer salió de Tumaco rumbo a la vereda San Vicente, para llevar libros y cuadernos a poblaciones marginadas.

No se volvió a saber de ellos.

Ambos fueron encontrados a los tres días, amarrados al tronco de un árbol: el patrullero degollado y el Mayor Méndez muerto con garrotazos en la cabeza.

Jaime y María Trinidad aun no entienden como puede haber gente tan desalmada: su hijo sólo quería servir.

Historias como la del Mayor Méndez y del patrullero Edílmer, en que ciudadanos de bien son agredidos por los dementes de las Farc, se repiten todos los días.

En estos casos, como en muchos otros, el presidente Santos está teniendo dificultades para distinguir los buenos de los malos, ¡ayudémosle!

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