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Hombre y Tierra

Por: Ricardo Mejía Cano

La fragilidad del hombre derrumbó la tierra.

En un mundo caracterizado por la velocidad y la tecnología, la comunidad Amish, que habita las fértiles llanuras de Filadelfia, EE.UU., se aferra aun a valores fascinantes: La familia, el respeto a la tierra, su fe en Dios. Consideran los automóviles, la televisión, la radio y los teléfonos, intrusos que estropean los valores familiares. Poseen especial espíritu comunitario, y ayudar al necesitado, dedicarle tiempo, enseñarle alguna habilidad, son algunas de sus prioridades. Su origen se remonta al siglo XVI en Suiza. En el siglo XVIII emigraron principalmente a Filadelfia, debido a la hambruna en Europa y la persecución religiosa. A pesar de todos los cambios de la humanidad en estos siglos, se aferran a una vida rural simple, con gran amor por la tierra.

En medio de este pacifico ambiente, vivía el repartidor de leche, Charles Carl Roberts IV, casado, con tres hijos, y quien, salvo por los mensajes dejados antes de morir, era un hombre apacible, dedicado a su familia. Aunque no pertenecía a la comunidad Amish, vivir rodeado por ellos, le debía haber transmitido la paz y sosiego que allí reina.

Una mañana, luego de dejar a su esposa con un grupo de oración y a sus 3 hijos en la estación del bus escolar, se dirigió, como de costumbre, al colegio de la comunidad Amish, una modesta casa con un único salón y por supuesto sin teléfono. Allí se derrumbó, lo invadió la fragilidad. En pocos segundos, en un gesto para nadie comprensible, se desvanecieron cinco preciosas niñas, entre los 7 y 13 años, asesinadas por el súbitamente desequilibrado Charles, quien también se desvaneció, al dispararse el último tiro de esta historia de derrumbes.

La fragilidad de la tierra derrumbó al hombre.

Quince mil millones de años después de la Gran Explosión (“Big Bang”), años llenos de horas, minutos y segundos, que han servido para la formación y consolidación de la tierra, ésta aun se derrumba.

Una mañana, con una fragilidad igual a la que invade con frecuencia al hombre, se desvaneció la tierra. Cinco criaturas, entre los 11 y 13 años, mientras dormían, en medio de sus sueños de inocencia, se derrumbaron, junto con otros 7 seres queridos que les rodeaban. Julieta, parte del desdichado grupo, como los Amish, era generosa, dedicada a labores sociales y a apadrinar menores de escasos recursos. Mariana, con 11 añitos, y una sonrisa angelical y juguetona, igual que sus otros infortunados compañeritos, dejaron a nuestros hijos en la angustia y la incertidumbre. Todos nos derrumbamos.

Marie y sus tres hijos, un año después de tan desafortunada tragedia, luchan por sobreponerse y comprender que derrumbó a su marido y padre, Charles. Andrés, lucha por entender porqué la tierra derrumbó a Mariana, a su otro hijo y a su esposa. Acompañemos a tantos afligidos, quienes en medio de la soledad, luchan por recuperarse de la fatalidad causada por la tierra y por el hombre.

Solidaricémonos con los afectados por tantos desastres, que al final somos todos, elevando una plegaria al hombre para que vuelva la vista a la tierra. Como los Amish, aprendamos a quererla. Respetándola y entendiéndola, podremos comprender mejor de su fragilidad y la del hombre, y construir entre ambos una relación más amable y duradera. Tratemos de evitar los desastres que una y otros causamos. Tierra somos y en tierra nos convertiremos. Es hora de integrarnos.

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