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La alegría de la vida

Por: Ricardo Mejia Cano.

Imposible predecir si sería hombre o mujer. No tenia boca, nariz, ojos, ni orejas. Sin embargo al mes le apareció una pequeña raya, como la línea con que los niños dibujan la boca de una carita feliz. Unos meses después le aparecieron otras protuberancias. Una tía dijo: “a lo mejor esas serán la orejas”. La vieron desarrollarse poco a poco. Pero ese desarrollo debía haberse dado en la barriga de la mamá.

Ella abortó cuando tenía cuatro meses y 21 días de embarazo: salió toda la placenta con el feto adentro. Fue en una noche lluviosa y oscura, en una pequeña choza, con piso de tierra y sin luz eléctrica, en un pueblo de Nueva Guinea, África. Metieron la placenta en una bolsa de basura y esperaron al amanecer para hacer un hoyo y darle apropiada sepultura. Cuando depositaron la bolsa en el hoyo, la abuela observó un movimiento. Pensó que eran ratones. “No echen la tierra y recojamos de nuevo la bolsa”. La abrieron, luego la placenta y el feto latía.

Rápidamente la abuela recogió varias botellas de cristal, las llenó con agua caliente y las puso alrededor del diminuto ser viviente. Hizo la incubadora más rústica y efectiva que alguna vez se haya conocido. Durante nueve meses estuvo calentando agua en su estufa de leña, para rellenar las botellas con agua caliente. Con ayuda de una enfermera le pusieron una sonda para alimentarla, mientras la veían crecer y desarrollar cada uno de sus órganos.

Hoy es una niña alegre y risueña. A sus trece añitos habla tres idiomas y se ve llena de vida y esperanza. Aunque no puede caminar, por tener las articulaciones de las piernas agarrotadas, confía que en un futuro podrá hacerlo. Su vida es un milagro y así la bautizaron: Milagros. El de su abuela no es un nombre menos premonitorio: Perpetua.

Su medico de confianza murió en 1971, por eso no volvió a visitar a ninguno. Vio morir a sus hijos, a sus nietos, a sus biznietos y tataranietos. Su zapatería la cerró en 1957, cuando tenía 122 años. Muchos dudan de la historia de Mahashta Murasi, quien dice haber nacido en Bangalore, India, en 1835. Sería el hombre más longevo de la tierra. De ganarle tantas partidas a la Muerte, ésta se cansó de luchar contra Murasi. A sus 179 años piensa que la Muerte tiró la toalla y que a él no le queda más remedio que disfrutar de la vida.

No sabemos si Milagros será tan longeva como Murasi, pero su primer paso en la vida fue una derrota contundente a la Muerte. Le esperan muchas batallas, como la que ha emprendido ahora para caminar, con una operación que le harán en España. Después vendrán muchas otras.

Al final, la Muerte nos ganará la última batalla, pero pareciera que el juego consiste en hacérselo difícil. No desfallecer, luchar hasta la muerte, para que ésta no nos arrebate la alegría de la vida.

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