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La mató el desgobierno

Por: Ricardo Mejia Cano.

Murió famosa, de 68 años, y nadie fue a su entierro. A principios de este año, el representante legal de Icasa comunicó a la Superintendencia de Valores que la compañía no podía seguir operando y que era necesario terminar el contrato de trabajo a todos sus empleados.

Era el certificado de defunción de una empresa que según un reportero económico: “…en sus épocas doradas llegó a tener 1.500 empleados y se ufanaba de controlar el negocio de los electrodomésticos en Colombia, es uno de esos casos empresariales en los que se conjugan todos los ingredientes que llevan de la gloria al fracaso a un conglomerado”.

Se pudo evitar: 1) Un protocolo de buen gobierno habría dado confianza al sector financiero, que restringió el crédito por la poca transparencia administrativa; 2) Una junta, con directores independientes, habría transmitido seguridad a los accionistas minoritarios, quienes mantuvieron una pugna perjudicial con los mayoritarios; 3) Un Comité de Auditoría, integrado por los directores externos, habría detectado los malos manejos de su gerente y mayor accionista, Jaime Glottman, quien huyó a Israel luego de captar dinero ilegalmente; 4) Un Comite de Desarrollo Humano habría tomado las determinaciones necesarias para mejorar el clima laboral y minimizar los perjudiciales efectos de la huelga de 1991; 5) Una junta deliberante, cuyos directores aportasen experiencias complementarias, habría minimizado los enormes riesgos que se tomaron en el mercado venezolano. Nada de esto se hizo y finalmente Haceb, el eterno rival, salvó la marca Icasa; la compró por 4.000 millones de pesos. Quienes no se salvaron fueron los trabajadores.

¿Pero qué pasó en Editorial Bedout, El Espectador, Productos Asdrúbal, Casa Mora, Pepalfa y tantas empresas que jugaron papel importante en el desarrollo industrial de Colombia? ¿Por qué no sobrevivieron? En el Reino Unido el 25% de las empresas sobreviven la tercera generación; en Europa continental es aún peor: sólo 15%. La principal causa está en la incapacidad de las familias fundadoras de transitar de una cultura familiar y cerrada, a la de una empresa dirigida por una Junta con la diversidad, experiencia y visión universal requeridas en el competido ambiente empresarial de hoy.

El tema es importante, porque la generación de empleo no sólo depende de la creación de nuevas empresas, sino de que las existentes crezcan en lugar de desaparecer, y para ello se necesita eficacia de la administración y confianza de los inversionistas. Por tal motivo en España, Inglaterra, Francia, USA, etc., se están impulsando normas de buen gobierno. Las empresas, como los países, necesitan tres poderes: los accionistas, la junta y la administración; cada uno con funciones específicas y delimitadas; si confunden sus funciones, la empresa difícilmente sobrevive. En Colombia es urgente disminuir los cierres de empresas, y se puede lograr aplicando las políticas modernas de buen gobierno.

P.D. -¿Será que el campanazo de Telecom despierta a los administradores de tantas empresas del Estado, arruinadas por el desgobierno y la politiquería?

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