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Matar a la Muerte

Por: Ricardo Mejia Cano

El futurista Raymond Kurzweil, el biogerontólogo Aubrey de Grey y otros muchos científicos están empeñados en matar a la muerte. Sus trabajos en clonación de genes, en el ADN, en miniaturización, podrían desembocar en una derrota a la muerte. Los científicos están desarrollando máquinas y robots a nivel microscópico, que dotadas de cámaras y sistemas de control remoto, podrían viajar por el organismo y reparar un tejido defectuoso, sustituir una célula cancerosa, limpiar depósitos de colesterol o eliminar un cálculo en el riñón. No se trata de ciencia ficción. En Colombia la expectativa de vida en 1955 era de sólo 50 años, hoy es de 72. Ahí le vamos quitando trabajo a la muerte. ¿Pero conviene dejarla completamente sin trabajo y que muera por inanición?

En la estructura mental del ser humano, el tiempo es factor determinante de todas sus actividades. Los logros, las metas alcanzadas, la felicidad, están todas ligadas al tiempo. La velocidad y la aceleración, ambas función del tiempo, son valores que rodean nuestro devenir terricola. El tiempo y todas las variables con él relacionadas, son fuentes permanentes de angustia y satisfacción. Nuestras vidas giran alrededor del tiempo. ¿Pero si fuéramos inmortales, para qué medir el tiempo?

Nuestra esperanza en que después de la muerte vendrá la vida eterna puede ser válida. Sin embargo, dado ese hecho, entendemos que no pasaríamos a la vida eterna con todo nuestro andamiaje corporal y mental. Allá sólo se trasladará esa parte nuestra, gaseosa y medio incomprensible que llamamos alma, para la cual el tiempo y muchos otros valores que usamos en vida son completamente insustanciales. El tema no podía ser más apasionante y apabullante.

¿Qué es más importante, buscar la vida eterna o la interna? Aristóteles es buen ejemplo. También Jesucristo y Van Gogh, quienes no alcanzaron en vida ni siquiera los cuarenta años. ¿Cómo negar su inmortalidad? En lugar de preocuparse por la vida eterna, se concentraron en su riqueza interna y dejaron una huella imborrable. “Hacia la inmortalidad y la eterna juventud” reza el epitafio de Julio Verne, quien cultivando su talento, destorciendo su propio ser, logró la inmortalidad. No adoptó los valores que le pretendían imponer. No correspondían a la fuerza de su interioridad.

Matar la muerte tendría muchos efectos secundarios. Quienes por seguir directrices religiosas arcaicas, no utilizan métodos anticonceptivos, tendrían que decir adiós a los placeres del catre. El riesgo de superpoblación haría necesario prohibir terminantemente la procreación. El placer de ver los hijos crecer y compartir con ellos tristezas y alegrías durante su niñez y pubertad, desaparecería. Quienes viven de hacer cálculos actuariales quedarían sin trabajo ¡Qué injusticia! El reto para la justicia no sería menor. Supongamos que los miembros de la Corte actual, en su eternidad, fueran reelegidos en 200 años, y en su sana obsesión de clarificar toda relación de políticos y paramilitares, iniciaran nuevamente con las indagaciones de lo ocurrido un par de siglos atrás. El desafío para la memoria de los involucrados y para los archivos de los fiscales sería inimaginable. Las relaciones de políticos con la guerrilla nunca han sido objeto de preocupación de esta Corte, así que allí no habría mayores retos.

Algo bueno: se acabaría el enfrentamiento entre los políticos por la segunda reelección de Uribe. ¡Qué importarían cuatro años más, comparado con la eternidad! Los políticos se tendrían que concentrar más bien en cómo preservar la independencia de las instituciones, que es el tema a defender en caso de que Uribe fuera nuevamente reelegido.

Al final el hombre muy seguramente encontrará la vida eterna. Será su fin. También el de la muerte. Mientras tanto, en lugar de matar a la muerte, es preferible vivir intensamente la poca vida que nos queda.

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