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¿Terminaremos como Amarna?

Por: Ricardo Mejia Cano.

En el 1400 antes de Cristo, Amenofis III, reinaba en un Egipto en paz, en medio del progreso. Egipto era el centro de la humanidad, sus gentes dominaban las artes, la arquitectura y concentraban el conocimiento de la época. Los sacerdotes, responsables de los templos de los diferentes dioses, tenían poder y fortuna. Amenofis III era el noveno Faraón de la Dinastia XVIII y su éxito había sido construir sobre lo bueno de sus antecesores.

Pero hace 3400 años, como lo es hoy, educar hijos en medio de la opulencia era una reto difícil. Poco se sabe de la infancia y juventud de Ajenatón, el hijo de Amenofis III. Se daba poca importancia a los hijos de los Faraones y solo cuando se acercaban al momento de subir al trono, empezaban a registrarse sus movimientos. Algunas anécdotas muestran a Ajenatón como compasivo y bueno, pero a medida que empezó a oler el poder, sus ansias de grandeza se volvieron incontenibles.

Uno de sus primeros caprichos fue cambiar más de 1500 años de cultura politeísta por un solo dios: el Sol. Y digo capricho, porque no se conocen argumentos religiosos o culturales que pudiesen respaldar cambio tan brusco.

Pero antes de introducir los cambios más dramáticos necesitaba una consorte a su altura. Ya tenía un par de amiguitas a su lado, cuando sus padres le presentaron a una prima a quien prácticamente desconocía, porque vivía lejos de Tebas. Tan pronto la vio quedó “prendado”. Se trataba de Nefertiti, cuyo significado es “la bella ha llegado”, cuya belleza era deslumbrante.

Este dúo dinámico, empeñado en que su memoria fuese recordada mucho después de su muerte, se dedicó a destruir lo existente y construir obras mostrando su grandeza. Su principal motivación eran unos desbordados delirios por eternizarse.

Una vez casado con la Bella y convertido en Faraón, inició la construcción de una nueva ciudad que rindiese culto a él, a su esposa y a su nuevo dios. Quería algo colosal y necesitaba mucho dinero y obreros. El dinero se lo quitó a los sacerdotes. Generales y soldados, quienes se estaban preparando para defender las fronteras de las invasiones de los Hititas, los convirtió en maestros de obra y obreros para construir la nueva ciudad.

La erigió en la mitad del desierto y, con excepción de su círculo de aduladores, su construcción llenó de miseria y dolor al resto de su pueblo. Por la manera relajada y novedosa como se ven él y Nefertiti en las pocas obras que les sobrevivieron, muchos lo consideran un revolucionario de las artes y otros el precursor de las religiones modernas. Olvidan que arrasó con muchos vestigios de una cultura milenaria.

Poco después de su muerte su esplendorosa ciudad, Ajetatón, mejor conocida como Amarna, fue destruida y solo en el S. XVIII de nuestra era se volvió a saber de ella.

Colombia venia por una senda de progreso y de notoria disminución de la violencia. Ahora el presidente quiere hacer cambios históricos e ingresar a los anales de la historia. No lo debe hacer a costa de los pocos valores que nos han dado alguna identidad y progreso en los últimos años. Debe evitar que sueños de inmortalidad le lleven a ceder en principios que ya son parte de nuestras convicciones. Correríamos el riesgo de terminar en ruinas como Amarna.

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