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Ascender y Despeñarse

Por: Ricardo Mejía Cano

Fue algo tarde cuando se dio cuenta que su propósito era subir gente. Y bajarla también. Fue un propósito con sentido social y muy colombiano.

Cuando Alonso Salazar era alcalde de Medellín, también quiso subir gente. Los habitantes de la comuna 13 tenían que subir por escaleras el equivalente a dos veces el edificio Coltejer, con el mercado, con niños de brazos y otras arandelas. Contactó a varias firmas y les puso el reto. Sólo nuestro héroe no le sacó el cuerpo. Puso su departamento de diseño a trabajar, habló con sus proveedores, les pidió rebaja, era una causa noble y cambió el barrio. En parte por ese detallito nos dieron el reconocimiento de la ciudad más innovadora en el mundo. Si no ha subido en las escaleras eléctricas de la comuna 13, usted no sabe por qué en Medellin queremos ser una ciudad incluyente.

El legado de sus padres fue para toda la vida: “De él la constancia, la tenacidad y principios éticos inquebrantables, de ella, el optimismo y el buen humor”. ¿No es esto lo que todos los padres debemos inculcar en nuestros hijos? Como ñapa le pagaron los estudios de ingeniería eléctrica. Y ahí empezó Troya.

Arrancó trabajando con una de las firmas de ingeniería eléctrica más importantes de la ciudad. No debía ser tan mal ingeniero, pues a los pocos años lo hicieron socio con la tercera parte.

El éxito de ZUGOM fue tal, que firmas como TOSHIBA, NEC, TAMURA y FUJITEC le dieron la representación. Este último era experto en subir gente. Y nuestro héroe encontró el camino de su vida futura: le fue fácil vender los primeros 10 ascensores.

Al poco tiempo, COSERVICIOS, filial del Grupo Mundial, que se había transformado en un fabricante de ascensores, sacó al mercado sus productos a la tercera parte del precio de los del dúo ZUGOM-FUJITEC.

Con esa estrategia de precios, COSERVICIOS le hizo un gran daño a ZUGOM, pero fue mayor el daño que se hizo a sí misma. Por vender tan barato, se reventó y el Grupo Mundial la puso en venta. Y nuestro héroe gritó, de una manera que cualquiera juzgaría de irresponsable: “Es nuestra”. La única manera de entender cómo Rodrigo convenció a sus socios de la compra de semejante elefante blanco, es por su capacidad de transmitir optimismo, de argumentar, de convencer y sin duda, su manera incansable de trabajar.

Pero el romance duró poco. Luego de arduas y difíciles negociaciones, Rodrigo terminó sólo con COSERVICIOS y por fuera de ZUGOM. Nunca sabremos el tamaño de las fricciones, sin embargo, la amistad y cercanía con sus antiguos socios, nunca se deterioró.

Después de muchos golpes y una resistencia y paciencia infinitas, conformó a su lado un grupo de colaboradores que, con su misma tenacidad y optimismo, convirtieron su empresa en una joya, compitiéndoles a las multinacionales más grandes del mundo.

Con su liderazgo, COSERVICIOS y su marca ANDINO se treparon. Se convirtió en la primera en ventas de ascensores en Colombia, más casi mil unidades en el exterior, desde Tailandia hasta Argentina.

Una galleta para las multinacionales. Y una de estas se la quitó de las manos.

Si las universidades quisieran montar un posgrado en emprendimiento, la cátedra de Rodrigo sería suficiente. Aprender de él cómo subir, caer, amortiguar, recomponer, recrear, comprometer, para nuevamente subir. El libro para el posgrado también está listo. Habría que convencerlo de que sacara una segunda edición de su libro “Vida Vertical”, donde echa el cuento de su vida.

Ascender, despeñarse, pero nunca desfallecer. Ese es el espíritu del verdadero emprendedor.

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