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¿Buscamos nuestra destrucción?

Por: Ricardo Mejía Cano

Los festivales de teatro en Dionysia eran motivo de alegría ciudadana. Se rendía tributo al dios de la parranda y la juerga: Dionysio. Allí los grandes escritores lanzaban sus últimas obras. En el 392 a. C. Aristófanes presentó su obra “Las Asambleístas”: un grupo de mujeres vestidas de hombre y con barba simulan estar en reunión del Congreso y aprueban por unanimidad traspasar todo el poder del estado a las mujeres. Blépiro dialoga con su esposa Praxágora, presidenta del Congreso:

PRAXÁGORA. – Quiero que todos los bienes sean comunes, y que todos tengan igual parte en ellos y vivan de los mismos; que no sea éste rico y aquél pobre; que no cultive uno un inmenso campo y otro no tenga donde sepultar su cadáver; que no haya quien lleve cien esclavos y quien carezca de un solo servicio; en una palabra: establezco una vida común e igual para todos.

BLÉPIRO. -¿Cómo podrá ser común a todos?

PRAXÁGORA. -Haré primero comunes los campos, el dinero y las demás propiedades. Y después, con todo este acervo de bienes, os alimentaremos, administrándolos económica y cuidadosamente.

Más adelante Praxágora prohíbe las relaciones matrimoniales, decreta el sexo universal: todos con todas. Y cómo los niños no sabrán quienes son sus padres, serán formados por el Estado. La asamblea de mujeres toma el control de absolutamente todo y en eso del control, justo es reconocer que se destacan.

Hoy, más de 2000 años después, el socialismo busca la eliminación de la propiedad privada y de la familia, la cesión de los niños al Estado, el control del Estado de todas las actividades y la política, para muchos muy atractiva, de cesión de las esposas.

El socialismo no es un sistema de gobierno, es una ideología: regula las relaciones de los individuos, define en qué se puede creer y en qué no, cómo, cuándo y dónde se puede trabajar. Como todo es centralizado, el emprendimiento y la innovación provienen del Estado. Es decir, desaparecen. Ni con los nuevos conocimientos, la tecnología y el mundo cambiante en que vivimos, la ideología ha cambiado.

¿Entonces por qué una ideología anclada en el pasado es tan atractiva para la juventud? La respuesta la tiene Praxágora: “no habrá ni ricos ni pobres, todos iguales”. Es música celestial para cualquiera, joven, adulto o anciano. Sin embargo, mientras el adulto y el anciano, con la experiencia de los años, saben que la “oferta de valor” es falsa, que la promesa nunca se cumple, los jóvenes piensan que si es realizable.

En Latinoamérica, igual que en Colombia, la educación está en manos de profesores obstinados en rechazar todo cambio, su mundo ideal lo planteo Praxágoras y no debe cambiar. Están en contra de las evaluaciones, de las tecnologías o revisar el sistema judicial, todo es intocable, pues su pensamiento está anclado en ideas del S. IV a. C. Enseñan dogmas, no alternativas de progreso.

Es más fácil salir a protestar contra el sistema de salud y dejarse influir por las redes sociales, que estudiar como la cobertura en salud ha pasado del 30 al 99 % de la población, como se ha reducido la mortalidad infantil o estudiar las propuestas de los candidatos.

Hoy los periodistas se declaran de izquierda y socialistas, quieren que los gobierne una ideología que lo primero que hace es acabar con la libertad de prensa, precisamente el principio que dio vida a su profesión.

Si Freud tuviese razón y efectivamente hay una tendencia natural del hombre a buscar su propia destrucción, la esperanza de construir un mundo mejor, a la luz de los aprendizajes modernos, desaparecería. Confiemos que Freud esté equivocado y que los maestros, los periodistas y la juventud recapaciten.

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