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El Costo de no Soñar

Por: Ricardo Mejía Cano

El país, si así se podía llamar, estaba en el caos. En los últimos 50 años habían reinado 26 emperadores. Estaba acechado por sus enemigos en todos los flancos externos.  Adentro, debido a la intolerancia religiosa, los enfrentamientos surgían por todas partes. Las fronteras iban de Asia Menor hasta lo que hoy es España.

Surgía como nuevo líder Diocleciano, quien quería poner orden. Al tomar el poder dividió el imperio en 4 grandes regiones y creó un ejército con divisiones móviles. Así neutralizó temporalmente la amenaza exterior. El problema interior lo resolvió de la manera bruta: exterminar a los seguidores “de ese tal Mesías”.

Cada región la delegó a un Emperador, quedándose él con la región central. Para garantizar que no se le revelaran, retuvo a los herederos de los nuevos Co-Emperadores. A estos herederos los formó en filosofía, matemáticas, artes y especialmente para el combate.

Vana esperanza la de Diocleciano. Tanto él como sus colegas habían crecido en medio de las intrigas, las envidias, las rencillas, la ambición; nada saciaba sus ansias de poder. Muy pronto empezaron las alianzas entre unos para derrocar a los otros. Diocleciano vio el peligro y alejó de su corte a los herederos de sus colegas. De ellos el más inteligente y astuto, en quien Diocleciano depositó sus mayores esperanzas, fue Constantino. Éste al verse en peligro escapó y se fue donde su padre a Britania.   A su lado se convirtió en el general más famoso del imperio. Al morir su padre sus ejércitos lo aclamaron como Emperador. Mientras tanto en Roma ocurría otro tanto: Majencio, hijo del Co-Emperador Maximiano, se revelaba y tomaba el poder en Roma. Si bien el imperio era muy grande, no había espacio para los dos. Constantino marchó a Roma para desalojar al rival.

Un día antes de la batalla, en el cielo observó una cruz y tuvo un sueño: Cristo le acompañaba. Enfrentó a Majencio cuyo ejercito era dos veces superior. Pero Cristo estaba con él. El triunfo le había sido cantado.

Formado en la cultura pagana, pero testigo de la aniquilación de los seguidores de Cristo, Constantino I promovió la tolerancia religiosa y acompañado por su nuevo amigo de arriba, se empeñó en construir un mundo mejor. La pequeña ciudad de Bizancio la convirtió en CONSTANTINOPLA, por mucho tiempo la capital del mundo. Las obras que dejó en Constantinopla, Roma y Jerusalén son hoy visitadas por miles de turistas.

Convocó a todos los obispos de la iglesia y les pidió buscar acuerdos sobre la doctrina cristiana. Se convirtió en el primer Emperador en acogerse a la religión de Cristo. Con todo lo bueno, lo malo y lo feo, Constantino I dejó un legado que el mundo recordará por siempre. Soñó en grande.

El progreso del mundo ha sido gracias a grandes soñadores.

Desafortunadamente aquí no soñamos. O soñamos distinto. El sueño del anterior gobierno fue llevar a Santrich al Congreso. El sueño del Petroaliado de los dos anteriores es acabar con toda clase de minería, excepto la ilegal. ¿Dará así el país el gran salto?

Colombia se debe aglutinar alrededor de un gran sueño. No puede ser un sueño a 4 años, el periodo de un gobierno. Debe ser un sueño a 15-20 años, en el que todos nos comprometamos. Un sueño en el que el sector privado, la academia y la mayoría de la clase política se comprometan. Desdeñamos los sueños porque soñar no cuesta nada, pero más grave es el costo de no soñar.

One thought on “El Costo de no Soñar

  1. No solo el imperio Bizantino, sino mas recientemente con paises como China, Singapur e Israel hemos visto como convertir esos sueños en realidad requiren de tener una vision de largo plazo que se vea reflejada en politicas de educacion, orden y justicia. Seran necesarias las amenazas externas para soñar?

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