¿No importa la vida privada?
Por: Ricardo Mejia Cano
En marzo de 2008, Eliot Spitzer, gobernador del estado de Nueva York, renunció a su cargo cuando se descubrió que era cliente habitual de una red de prostitución de lujo. La paradoja era enorme: Spitzer había construido su reputación como un implacable perseguidor de la corrupción empresarial, especialmente en Wall Street. Era un político brillante, admirado por su inteligencia y su defensa de la legalidad. Sin embargo, su comportamiento privado terminó destruyendo su credibilidad pública.
Las investigaciones no encontraron pruebas de utilización de recursos públicos para pagar esos servicios y no fue condenado penalmente. ¿Entonces, por qué renunció? Porque la sociedad neoyorquina rechazó la contradicción entre los valores que proclamaba y los que practicaba.
Lou Lung Pai, uno de los más destacados ejecutivos de Enron, la gigantesca compañía energética estadounidense que quebró en 2001, era un profesional extraordinariamente inteligente. Había contribuido al desarrollo de importantes negocios energéticos y alcanzado la presidencia de Enron Energy Services.
Pai era una persona ambiciosa y extraña: Una de sus muchas debilidades eran los “Striptease”: los frecuentaba prácticamente todos los días. Allí llevaba a sus clientes y por supuesto, por cuenta de la compañía. “Tanto va el cántaro al agua que al final se rompe”: Pai se enamoró de una de las “distinguidas empleadas” del “Rick´s Cabaret” de Houston y por Melanie abandonó a su esposa y a sus dos hijos.
En el Zoológico de profesionales vinculados con Enron, abundaban las personas como Pai, con desviaciones en sus personalidades que harían preocupar a cualquiera. La debacle de Enron fue, ante todo, una manifestación de su profunda crisis de valores y de cultura empresarial.
¿Puede una sociedad ser indiferente a los valores de quienes la dirigen?
Los dirigentes políticos, empresariales y académicos no son ciudadanos del común en cuanto a sus responsabilidades. Sus actuaciones tienen consecuencias que trascienden su círculo íntimo. Administran recursos, ejercen autoridad, representan instituciones y, especialmente, se convierten en referentes de comportamiento para sus comunidades.
Valores como la lealtad, la fidelidad, la honestidad, la rectitud y el respeto no son adornos del carácter. Constituyen los cimientos sobre los cuales se construye la confianza. Y sin confianza no existen empresas sólidas ni sociedades exitosas.
Gustavo Petro ha sido denunciado por haber otorgado contratos estatales a cambio de relaciones sexuales. Él no ha negado el haber tenido relaciones con una de las denunciantes, pero ha negado categóricamente haber entregado contratos como contraprestación de dichos servicios. Corresponderá a la justicia establecer si existió utilización indebida del poder o de recursos públicos.
La denunciante coincide con varias revelaciones, entre ellas las del excanciller Álvaro Leyva, en el sentido de que Petro es consumidor de diferentes tipos de estupefacientes.
¿Queremos dirigentes que proclamen públicamente el respeto por la mujer mientras existen cuestionamientos graves sobre la coherencia de sus comportamientos personales? ¿Consideramos irrelevantes la fidelidad, la lealtad y el decoro cuando evaluamos a quienes aspiran a dirigir nuestro país?
La intimidad merece protección. Pero cuando un dirigente público instrumentaliza personas, consume drogas o utiliza el poder para obtener beneficios personales, su conducta trasciende lo privado y adquiere relevancia pública.
El juicio penal corresponde a los jueces. El moral corresponde a la ciudadanía, que tiene derecho a evaluar la conducta, la coherencia y la integridad de sus dirigentes.
Una sociedad indiferente a los valores de sus líderes termina debilitando los principios que necesita para convivir y progresar. No se trata solo de si un dirigente violó la ley. Sino de si es merecedor de la confianza que exige el ejercicio del poder.
Una sociedad puede sobrevivir a los errores de sus dirigentes, pero no sobrevivirá si les permite faltas a la integridad.