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Recuerdos de la Guerra

Por: Ricardo Mejía Cano

Tarde o temprano los bombarderos vendrían. Con el fin de contrarrestar los efectos mortales de las bombas, construyeron varias fortalezas. La mano de obra estaba allí: los prisioneros. Cemento había en abundancia. En seis meses construyeron búnkeres de concreto, con paredes de dos metros de espesor, donde alojarían las baterías antiaéreas y los sistemas de radar.

Los primeros aviones no hicieron ningún daño, sólo lanzaron pequeños recortes de papel de aluminio. Confeti para los radares. Luego llegó la flota de la Real Fuerza Área. Mientras los radares se entretenían con el confeti, los aviones empezaron la fiesta. El primer baile fue la Danza de la Muerte. Como diría Wellington en Waterloo: El sentimiento de dolor que produce ganar una batalla, solo es superado por la angustia que da perderla. Esa noche de verano de 1943 murieron en Hamburgo 35.000 personas, la mayoría civiles.

Fue el principio del fin. Radares y baterías antiaéreas fueron destruidos. Los búnkeres que de nada sirvieron, nunca nadie los pudo destruir. Esa memoria histórica la están recuperando para mejorar el equipamiento urbano.

De los dos búnkeres que hay en Hamburgo, uno lo convirtieron en tanque de agua caliente para proveer 800 viviendas del vecindario. El agua la calientan con energía solar y con la energía de la combustión de los desechos de las fabricas de los alrededores.

Tras el desastre de la planta nuclear en Fukushima en el 2011, Alemania cerró 8 de sus 17 plantas nucleares y en el 2022 cerrará el resto. Así inició la guerra que todos debemos emprender contra el calentamiento global, contra los combustibles fósiles. Dejar un mundo mejor a nuestros hijos.

La pasada guerra la perdieron, menos mal, y menos mal que están ganando la nueva. Hoy cerca del 30% por ciento de su energía eléctrica proviene de fuentes eólicas y paneles solares. En el 2010 el 22% se producía en plantas de energía atómica. Alemania produce hoy tres veces la energía de Colombia, gracias a los vientos y al sol.

¿Que podemos aprender de esta experiencia en Colombia?

Poder producir el 70% de nuestras necesidades de energía eléctrica a partir de fuentes hídricas es una bendición. Sin embargo, por la manera como talamos bosques y desprotegemos las fuentes hídricas, está claro que no tenemos conciencia del regalo que recibimos.

Tendríamos que iniciar urgente un plan para sustituir nuestras termoeléctricas de carbón y gas por fuentes renovables. Para eso necesitamos más innovación, más y mejores ingenieros, más y mejores técnicos, más conocimiento, más humanismo.

¿Podremos nosotros convertir la memoria de Bojayá, del Club El Nogal, los diputados asesinados en el Valle, los correos bomba y las minas antipersonales en aliciente, en motivación para convertir todo ese dolor en energía para crear un nuevo país?

Los alemanes no han perdido minuto después de que perdieron la guerra. Lo más importante: crearon un excelente sistema educativo. Éste les ha permitido ubicarse entre los países con menor desempleo juvenil del planeta. Nosotros por el contrario, soñando con la paz, descuidamos lo que verdaderamente la construye.

Es urgente que empecemos a trabajar por una mejor educación, mejor justicia, mejor salud, mejor infraestructura, mejor protección de nuestros recursos. Así dejaríamos un mejor país a nuestros hijos y podríamos decir como los alemanes: “sólo nos quedan los recuerdos de la guerra”.

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