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La revolución que necesitamos

Por: Ricardo Mejía Cano

La revolución de la independencia norteamericana trazó con éxito el futuro de EE. UU. Inicialmente el malestar empezó por los impuestos que la Corona Inglesa les quería imponer, pues no sabían ni porque ni para qué los gravaban. Llegar a la decisión de la independencia fue un proceso largo y arduo, donde los principios de igualdad, libertad y derecho a la felicidad fueron el ideario aglutinador de los miembros del denominado Congreso Continental. Es interesante ver como los hijos de unos campesinos a base de educación, estudio, lecturas, gran esfuerzo y compromiso escribieron una constitución que ha sido modelo para casi todos los países del mundo. No pudieron los delegados abolicionistas acabar con la esclavitud, pero dejaron una serie de pesos y contrapesos en los tres poderes que facilitaron acabar 90 años después con esta y cerrar las puertas a las dictaduras.

Luego vino la revolución francesa, motivada por el hambre y los impuestos para los campesinos y de los cuales estaban exentos la corona y la nobleza. En la evaluación de sus resultados hay tantos defensores como detractores alrededor del mundo. Pero eso es hoy más de 230 años después. Si la evaluamos en los 40 años posteriores a la revolución, fue un absoluto fracaso. El Comité de Seguridad Ciudadana, presidido por Robespierre, estableció el Reinado del Terror, olvidando los principios de igualdad, libertad y fraternidad que querían defender. Luego vinieron la ejecución de Robespierre, un par de años de relativa calma y el golpe de estado de Napoleón, quien embelesado por el poder perdió el norte. Al final la monarquía regresó a Francia y la revolución sólo dejó muertos.

La revolución rusa fue un absoluto fracaso. Simplemente cambiaron de zares: de Stalin a Putin han tenido una sucesión de reyecitos.

La revolución de Mao fue otro desastre en la convulsionada y apasionante historia china. Fue Deng Xiaoping, a quien Mao estuvo a punto de ordenar matar, quien a la muerte de su jefe se ganó la confianza del partido comunista y logró transformar a China en la potencia qué es hoy. La revolución de Deng, una revolución educativa y pacífica, es tal vez una de las más exitosas en la historia de la humanidad. Desafortunadamente el actual gobierno, sin los pesos y contrapesos que nos dejó como legado la constitución norteamericana, podría convertirse en dictadura, lo cual sería nefasto para el desarrollo de la humanidad.  

La revolución cubana es otro ejemplo del fracaso de aquellos que como Robespierre, Stalin y Mao se creen redentores y designados por una fuerza superior para cambiar el mundo. Se consideran infalibles y que aquello construido anteriormente con gran esfuerzo hay que eliminarlo. Muchos cubanos que vivieron la época de Batista sostenían que el país estaba mejor en ese tiempo, aseveración dolorosa, si se tiene en cuenta el grado de corrupción e injusticia en esos años. Petro, Piedad Cordova, Nicolas Maduro y otros privilegiados ven en esos regímenes unos oasis: viajan a esos países a disfrutar de los beneficios reservados a la oligarquía en el gobierno. Mientras EE. UU. y Europa cierran sus fronteras por la avalancha de inmigrantes, Cuba las cierra para evitar la emigración masiva de sus ciudadanos. Igual ocurre con Venezuela.

Contrario a las revoluciones anteriores, en Colombia se ha querido hacer una revolución por unos impuestos a los ricos para beneficiar a los pobres.

Los países con avances importantes en equidad, libertad y desarrollo son el mejor ejemplo de que la única revolución efectiva es la educativa, precisamente la que los revolucionarios colombianos impiden hacer. 

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